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‘Voy a esperar a mi hija hasta el último aliento’

Bogotá, 20 de marzo de 2018.- Puerto Venus, Antioquia. “No he vuelto a saber nada de ella. No sé si está viva, no sé si está muerta”.

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Doña María Cristina reza todos los días ante un altar que hizo en su hogar para sentir a toda hora la presencia de su hija. Al contemplar los crucifijos y las imágenes de la Virgen siente que nunca perderá la esperanza, que su niña merece una santiguada más, otra oración, una nueva súplica al Niño Dios, cualquier empujoncito desde el más allá para ablandar el corazón de quienes se la llevaron hace años.

Es consciente de que otros de su entorno tiraron la toalla, se resignaron a darla por muerta, a sepultarla en su corazón y pasar página para apaciguar el dolor que causó la desaparición de la consentida de la casa.

“Mi marido siempre me regaña”, se queja con resignación. “Olvídese de ella, olvídese de ella, me dice muchas veces. Pero yo, hasta que no tenga noticias de mi hija, nunca me voy a olvidar de ella”.

Doña María Cristina Díaz vive en Puerto Venus, corregimiento de Nariño, Antioquia, en plena cordillera Central. Rodeado de montañas de infinitas tonalidades verdes, el pueblo sufrió la barbarie del frente 47 de las Farc. Entre los comandantes de entonces destacaba por su crueldad alias Rojas, el tristemente célebre por cortarle el brazo a ‘Iván Ríos’ para cobrar una recompensa, y ‘Karina’, su jefa. Mientras ella y sus secuaces infundían terror entre los adultos, a algunos jóvenes del pueblo les atraían los uniformes, las armas y el halo de autoridad que desprendían los guerrilleros.

No era el caso de Liliana, la menor de la extensa prole de doña María Cristina. No terminaban de convencerla los cantos de sirena de los reclutadores que bajaban a Puerto Venus a pescar adolescentes. “Un tal Camilo era el que lavaba el cerebro y les metía a los muchachos cosas en la cabeza para que se fueran con ellos: que les iban a pagar un buen sueldo, que los dejaban llamar a la casa, venir a visitar a los papás”, relata. “A una muchachita de quince años le empiezan a pintar pajaritos de oro, a prometerle cosas que nunca le van a cumplir, pero Liliana siempre les decía que no, que no y que no”.

Hasta que apareció un guerrillero que le gustó y la niña comenzó a acariciar la idea de unirse a las Farc.

Hasta que apareció un guerrillero que le gustó y la niña comenzó a acariciar la idea de unirse a las Farc

“Ella se enamoró del primer amor de su vida, y yo creo que se fue detrás de ese hombre”, explica la mamá.

Doña María Cristina no estaba al tanto del cambio de decisión, desconocía que Liliana había dado en secreto su palabra de alistarse. Pero un acontecimiento le hizo echarse atrás. Llegaron a sus oídos relatos del cruento ataque a la cabecera municipal, y la invadió el pánico. Ya no quería irse al monte, prefería quedarse en su hogar.

“Cuando esa gente se tomó Nariño, la niña me dijo: ‘Ay, mamá, qué miedo, ya no me voy con ellos’”, rememora doña María Cristina.

En ese momento conoció los pormenores del pacto que su hija había sellado con la guerrilla. “Me cayó como un baldado de agua fría. Le dije: ‘Pues, mijita, si usted dio su palabra de irse con ellos, esté pilas y cuando usted vea a esa gente pague escondederos, mija, pague escondederos. Porque no se la perdonan’ ”, recuerda.

“Me hizo caso y ella se les escondía. En cuanto sabía que estaba esa gente por aquí, yo sentía los zapatazos de ella corriendo, y se me metía al último rincón y se tapaba con cobijas y de todo. Yo pasaba mucho miedo, y más cuando me di cuenta de que la habían amenazado. Que si no se iba por las buenas con ellos, que se tenía que ir por las malas. Que a conciencia de ella iba la vida de toda la familia. O sea que nos iban a pelar si no se iba. Yo lo que hacía era rezar. Esa ha sido mi vida: rezar por ella”.

La presión terminó surtiendo efecto. “No sé a lo último qué le dijeron, que se marchó el 20 de noviembre de 1999. Tenía escasos 15 años”.

Doña María Cristina se levanta y busca la fotografía plastificada de su hija que mantiene en el altar. Me la pasa con sus manos de mujer trabajadora, madre de diez hijos que no ha hecho otra cosa en su vida que sacrificarse por los demás.

“Era muy bonita y buena”, murmura con una tristeza infinita. “Vea que después de que se la llevaron nunca más supo del muchacho del que se enamoró”, añade.

Vea que después de que se la llevaron nunca más supo del muchacho del que se enamoró

La partida de su niña la devastó. La imaginaba cargando un fusil, esquivando las balas en los combates, pasando calamidades: “Uno como madre pensando, cuántas hambres de su hija, cuántas necesidades. Es una angustia muy grande que llevo en mi corazón”.

La cotidiana vida feliz de doña María Cristina se congeló, solo tenía cabeza para preguntar a unos y otros por su ojito derecho, para suplicar que la regresaran a casa. “Al principio hablé con ‘Rojas’ y él decía: ‘Ella está bien, está bien’”. Pero ella no le creía porque estaba segura de que su niña soportaba un suplicio.

Luego sabría que Liliana nunca pudo adaptarse a su nueva condición de guerrillera en una región sacudida por la violencia, a caballo entre Antioquia y Caldas. El control de las Farc era absoluto, los cocales alimentaban la economía guerrillera, y tenían a las estaciones de policía como principal diana de sus asaltos. En la toma de Arboleda la mandaron por delante para avisar a los civiles de que se llevaran a los niños, que se escondieran porque ellos iban a acabar con el pueblo y los agentes.

Hastiada de la guerrilla, dos veces trató la niña de volarse. “En la primera casi la matan. Se equivocó y no pegó ni monte arriba ni monte abajo, corrió a campo abierto, hacia la carretera, y la persiguieron. Me dijeron que entre ‘Rojas’ y otro la cogieron a patadas y culatas cuando la agarraron. Volvió a intentar volarse por unas peñas y también la agarraron”.

‘Karina’


Años más tarde, la desmovilización de ‘Karina’ y las audiencias con sus víctimas para que les contara la verdad, animaron a doña María Cristina. “Fui a Medellín a preguntarle y un doctor era el intermediario. La señora pregunta que qué dice de la niña, que ella en el pueblo se llamaba Liliana pero en el campamento la conocían con el alias de Omaira”, cuenta de aquella dura jornada.

“Muy fresca me fue contestando: ‘¿‘Omaira’? Sí, medio me acuerdo de ella; la hice ajusticiar. Y se inventó la mentira más grande de la vida, que la niña mía se había ido a Sonsón a meterse al batallón y que estuvo un tiempo con el Ejército porque la estaban entrenando para que se infiltrara en las filas de la guerrilla y le daban un año de plazo para que se volara y entregara caletas, comandantes y campamentos. Yo sí le dije: ‘ ‘Karina’ miente miserablemente porque mi niña era menor de edad y nunca la dejábamos salir de la casa, nunca, y si alguna vez tenía que ir a Nariño a hacer alguna vuelta, yo salía con ella. No era rebelde, era muy manejable. Que le gustaba estar con los muchachos, como toda niña’. Ese día de la audiencia un psicólogo se acercó y me dijo: ‘Siéntese, señora, no se perjudique’”.

Es el único momento de la conversación en que su rostro refleja rabia. Le indigna que pretendan mancillar la memoria de su niña, pero no abandona el tono sereno de su voz cansada.

“¿Sabe por qué yo les saco el cuerpo a las Navidades? Porque a Liliana le gustaba compartir lo que tenía. En todo diciembre se paraba junto a mí y me decía: ‘Mami, buñuelos calientes’. Y se ponía una sudadera de bolsillos grandes, tomaba unos cuantos y se iba donde el vecino a darles buñuelos. Y luego se iba para el parque a repartirlos entre sus compañeros”.

En ocasiones la pinta tocando a la puerta y entrando con su sonrisa blanca. En otras, el sueño de abrazarla de nuevo se desvanece. “Nunca la siento muerta. El corazón de una madre siempre alberga la esperanza de que esté viva, hasta el último día lo creeré”.

El compromiso de las Farc de confesar la verdad para aliviar el sufrimiento de las víctimas, como parte del acuerdo de paz, le ha renovado la fe en que algún día sabrá lo que sucedió.

“Le digo al frente 47 que me dé razón de ella y a ‘Rojas’ que haga algo bueno por una vez en la vida. Si está viva, que me lo diga. Si está muerta, que diga dónde la enterraron y me entreguen sus restos para poder descansar y tener el consuelo de una tumba. Mi salud está muy deteriorada. Al principio estuve a punto de que me mandaran a una casa de reposo. Hay ratos en que se me viene el pensamiento de mi hija y se me monta en la cabeza y tengo que agacharme a llorar porque no me aguanto”.

Se para de la silla y se acerca al altar. Coge su oración favorita, que conserva plastificada porque el papel sin más no aguanta el trajín de tantos años de rezos entremezclados con lágrimas.

“Me arrodillo humildemente ante la santa cruz, ante Papá Dios, leo la oración y después así le rezo: ‘Te pido que me ayudes a que me den noticias de mi hija, sean buenas o malas, las que sean, pero que tenga el consuelo de una tumba donde ir a besarla. Estoy con las manos vacías, pero la voy a esperar hasta el último aliento’”.

SALUD HERNÁNDEZ-MORA Para ELTIEMPO
En Twitter: @saludhernandezm



Con información de EFE y AP



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