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LA DURA REALIDAD

Bogotá, - Cuando el general Franco presintió quela muerte se acercaba a su puerta, inició un proceso de afianzamiento de su obra de gobierno, pensando en que luego de su partida, no volviera a desatarse la oleada de violencia y crispación que en 1936 hizo que estallara una dolorosa guerra civil.

Getty Images
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El dictador murió en noviembre de 1975., A pesar del hondo dolor que produjo su desaparición en las huestes franquistas, éstas creían estar tranquilas porque el generalísimohabía dejado todo “atado y bien atado”.

Muy pocos creían que fuera posible el retorno pleno de la democracia en la Madre patria. Se equivocaron en su pronóstico. Tan solo 3 años después de la muerte de Franco, se aprobó una nueva constitución que sirvió de plataforma para el restablecimiento del régimen de libertades que hoy impera en España. Lo que parecía “atado y bien atado”, pudo desarmarse rápidamente, para bien de la democracia española.

Una de las mayores obsesiones de Santos fue, precisamente, el de blindar el acuerdo ilegítimo con la banda terrorista de las Farc, al punto extremo de elevarlo a rango constitucional, algo verdaderamente descabellado y desproporcionado.

El caso del narcotraficante Jesús Sántrich rebosó la copa de la paciencia de los colombianos. Resulta indignante que un capo de la mafia, capturado en flagrancia, haya recuperado la libertad y, a manera de premio, terminara habilitado para ocupar una curul en la Cámara de Representantes, gracias a decisiones adoptadas por dos de los más altos tribunales del país: el consejo de Estado y la corte suprema.

El legítimo enfado ciudadano se ha sentido a través de reproches al presidente de la República, Iván Duque a quien más de 10.5 millones de colombianos eligieron, precisamente, para introducir los cambios al acuerdo con la banda terrorista Farc, que se vienen exigiendo desde octubre de 2016, cuando el NO se impuso en el plebiscito que Juan Manuel Santos se robó.

Con el estado de cosas actual, es muy poco -o prácticamente nada- lo que puede hacer el primer mandatario de los colombianos. Santos dejó “atado y bien atado” el acuerdo con Timochenko. En virtud de la separación de poderes, el Jefe de Estado está obligado a respetar y permitir que se ejecuten las decisiones que emanan desde el palacio de Justicia.

Respecto de la extradición de Sántrich, el debate es mucho más profundo. Hay quienes creen que ese mafioso sí puede ser enviado a los Estados Unidos por vía administrativa, luego de declarar un estado de excepción, mientras que otros -encabezados por un puñado de asesores de la Casa de Nariño- descartan esa alternativa, acudiendo a toda suerte de razonamientos exegéticos, bastante debatibles.

El presidente Duque, quien merece todo el respeto y respaldo de sus electores, llegó a un punto en el que las circunstancias lo empujan a tomar decisiones trascendentales -ojalá asesorado por políticos con peso específico y no por los grises y trémulos consejeros que lo acompañan en el día a día-. Tiene la alternativa de reconocer que no hay nada por hacer, que en efecto Santos logró empeñarle el país a la banda terrorista Farc y que los colombianos deberán aceptar con humildad y resignación esa dura realidad, o hacer una convocatoria política de gran calado, explorar las alternativas posibles, fortalecer su margen de gobernabilidad y emprender el camino de las reformas de fondo.

Si adopta la segunda opción, se da por descontado que sus electores, sus copartidarios y en general todos los colombianos que resienten el desbarajuste institucional, van a respaldarlo en la dura gesta, pues los enemigos a vencer son poderosos y dañinos: la mafia, el terrorismo y la extrema izquierda.

Iván Duque no es un improvisado. Es un político con visión y con talante. Él no buscó la presidencia con el fin de colgarle a su hoja de vida la más grande dignidad que otorga nuestra República, sino para emprender los cambios que necesita Colombia para salir del atolladero en el que la metió Juan Manuel Santos.

Hoy, el doctor Duque pasa por un mal momento. Algo normal que les sucede a todos los presidentes. Las lunas de miel eternas entre gobernantes y gobernados no existen. Toda obra humana es perfectible y de aquella premisa no está exento el actual gobierno.

Por ahora, el mensaje debe ser de unidad y de respaldo incondicional al presidente Iván Duque, invitándolo a que no desoiga las voces de sus electores y, por supuesto, que recuerde que tiene en sus manos la posibilidad de rescatar a nuestro país de la grave crisis institucional en el que se encuentra, gracias a que Santos, como el dictador Franco, intentó dejar todo “atado y bien atado”.

Con información de EFE y AP



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